Aylan y Galip, de tres y cinco años respectivamente, crecieron sin escuchar otro arrullo que los disparos y bombas destruyendo cada vida y cada palmo de Kobane, al norte de Siria. Las luchas entre kurdos, turcos e islamistas han convertido a este pueblo, de alguna vez poco más de 60 mil habitantes, en un campo de batalla donde es imposible vislumbrar esperanza de un futuro en paz.
Los padres de Aylan, Abdulah y Rehan, se salvaron de morir en una masacre; suerte que no tuvieron 145 personas que fueron asesinadas por el Estado Islámico. Con las imágenes de esa dantesca escena impresas en su mente y llenos de terror, la familia huyó a Turquía; un éxodo compartido por más de 300 mil sirios. Sin embargo, aunque más tranquila que Siria, Turquía solo era un país de paso para lograr encontrar el refugio definitivo. Cuando Canadá les negó el asilo, la Unión Europea se convirtió en la opción más cercana.
Una noche, antes de subirlos a una lancha, Abdulah les dijo a sus hijos y a su esposa: «Al otro lado del mar está nuestro futuro hogar». La isla griega de Kös se encontraba a solo seis kilómetros del puerto turco de Akyarlar, desde donde partieron. Sin embargo, el deteriorado estado de la embarcación convirtió esa corta distancia en una prueba mortal. Después de remar medio kilómetro, el agua comenzó a filtrarse en el bote. Los gritos de pánico se extendieron y, en cuestión de segundos, la familia de Aylan, junto con otras doce personas, quedaron a merced de las olas. Solo Abdulah logró regresar con vida a la costa turca.
A la mañana siguiente, en septiembre de 2015, la fotografía de Aylan Kurdi —sin vida, boca abajo, con sus pequeños brazos extendidos, vistiendo una camiseta roja y un short azul— llenó las portadas de los medios de comunicación. Hasta hoy, diez años después, esa imagen sigue siendo una daga en mi corazón y el recordatorio de por qué decidí acercarme, desde mi profesión de comunicador, a la problemática de la movilidad humana.
La historia de Aylan, Galip, Abdulah y Rehan es compartida día a día por 122 millones de desplazados forzosos en Europa, Asia, Oceanía y, más cerca de lo que pensamos, en América. La familia de Aylan intentó huir por mar de un contexto que, hasta hoy, sigue siendo inhabitable. En la actualidad, 300 mil migrantes luchan por cruzar el Darién —entre Colombia y Panamá— enfrentando enfermedades, bandas criminales y otros peligros mortales. Duele saber que los gobiernos aún los convierten en víctimas de la exclusión sistemática. Soñar con un futuro mejor no es un delito. Los migrantes, asilados, refugiados y apátridas no son delincuentes que deban ser encarcelados, sino personas con historias complejas que contar y sueños que construir.